Dr. Font
Afirmación
de nuestras raíces bautistas
Dr.
Eduardo Font
El objeto de este trabajo es pasar revista al origen de los bautistas y aseverar aquellos distintivos esenciales que los han caracterizado, recurriendo al testimonio histórico y a la reflexión teológica.
Orígenes de la
Denominación
El sector de la cristiandad que respetablemente hoy se conoce con el nombre de bautistas tropieza con dificultades historiográficas para establecer la fecha del origen de su nombre y de su existencia denominacional.
Tres son las teorías principales en cuanto al origen: la de la relación anti-paidobautista que identifica la historia bautista con la anti-paidobautista; la de la sucesión apostólica que intenta trazar una línea de continuidad hasta la iglesia primitiva neotestamentaria; y la de la restitución separatista que hace de los bautistas un momento del sector separatista puritano congregacional en el cual se restituye el bautismo bíblico.
El
consenso general parece aceptar la ultima, que las iglesias bautistas
surgieron en el siglo XVII y estas adoptaron definitivamente el apelativo en
el siglo XVIII. Por cierto que esta afirmación reconoce la diferencia entre
historia de la denominación e historia del bautismo y principios bautistas.
En cuanto a lo ultimo no niega el parentesco con movimientos anteriores. Esto
parece llevar al profesor Anderson a desprenderse momentáneamente del control
rígido de la historia para proponer que las tres teorías están parcialmente
en lo cierto y para decir que "la denominación bautista ha existido
desde el siglo XVII, pero el pueblo bautista desde los mismos comienzos
cristianos."
Principios
eclesiales
Las
primeras iglesias bautistas surgieron de iglesias congregacionalistas.
Independientemente de las otras, estas primeras congregaciones llegaron a ser
bautistas motivadas por inquietudes parecidas.
Reflexionando
sobre la creencia en una membresía de creyentes, por oposición a una membresía
impuesta por la ley, las llevo pronto, por un lado, a rechazar el bautismo
infantil por reconocerlo una practica que producía resultados inconsecuentes
con una membresía regenerada, y por otro, a rechazar el control, sostén e
interferencia del estado civil en asuntos religiosos.
La
interrelación de estas áreas de interés se tradujeron en tres
principios--membresía regenerada, gobierno congregacional local asociados a
una relación de interdependencia con congregaciones hermanas y separación de
la iglesia y el estado--que constituyeron, en un comienzo, la esencia del ser
bautista. Con el paso del tiempo otras denominaciones aceptaron estos
principios, dejando de ser exclusividad de los bautistas. Básicamente, como
los historiadores ya lo han señalado, los distintivos bautistas giran
alrededor de una concepción de la naturaleza y tarea de la iglesia.
A.
Principio de una membresía regenerada
Este principio, causa de los restantes, es un principio descuidado de nuestros tiempos. Por congregación de creyentes, los primitivos bautistas llegaron al fin a entender una congregación de redimidos; o sea, de personas que habían confiado sus vidas en la de Cristo y que públicamente hacían profesión de esa fe. , dando evidencias de su conversión.
Lo
que verdaderamente, según varios historiadores, justificó el surgimiento de
una nueva denominación, la bautista, fue el bautismo de creyentes. Maring dice
que el punto enfático no fue la forma por inmersión, sino la convicción
acerca del bautismo de los creyentes, y agrega: "Fue en conexión con esta
convicción que ellos llegaron a ser." La practica del bautismo de infantes,
aunque hijos de creyentes, desvirtuaba el concepto de membresía regenerada,
pues de estos muchos al crecer no
llegaban a ser creyentes pero si miembros de la iglesia. Al acabar con la
contradicción llegaron a ser bautistas.
El
intento de estos bautistas primitivos era hacer de las congregaciones locales,
dentro de los limites humanos, congregaciones idénticas a la iglesia
"invisible". Por cierto que reconocieron la imposibilidad de probar a
ciencia cierta la autenticidad de la experiencia religiosa de cada persona y,
por ende, aceptaron la posibilidad de que las iglesias locales estuvieran
sujetas al error y a una membresía mixta. No por eso, sin embargo,
desfallecieron en el intento de velar por una congregación de redimidos.
Lamentablemente
las iglesias bautistas actuales se han apartado parcialmente de este distintivo
original. En ciertos aspectos se esta volviendo a la etapa congregacionalista,
cuando se hablaba de membresía regenerada a pesar de no serla y, en casos mas
extremos,, a la iglesia de Inglaterra. Aunque hoy el entendimiento teórico
sigue siendo (quizás) el mismo--una membresía regenerada--,la practica difiere
notablemente. Muchos de los miembros han sido aceptados como tales por pasar al
frente del templo por la mañana y bautizarse por la noche; otros, por traer
cartas de testimonio o de transferencia de congregaciones paidobautistas.
Además,
el bautismo de niños menores de diez años de edad es practica común.
La
situación, por otra parte, se agrava por haber caído en desuso la aplicación
de disciplina a los de conducta cuestionable. La disciplina prácticamente se ha
reducido a un cambio exabrupto de congregaciones por parte del individuo.
B.
Principio de gobierno congregacional y de interdependencia.
Los
congregacionalistas habían ya subrayado la importancia del gobierno
congregacional de la iglesia local, sosteniendo que la autoridad de la misma
derivaba de Jesucristo, la cabeza, y que la dirección provenía del Espíritu
Santo. Pero fueron los bautistas quienes se percataron de la necesidad vital de
complementar la autonomía con la dependencia mutua de las iglesias.
Las
confesiones de fe de los bautistas particulares de 1644 establecen que aunque
cada iglesia es una ciudad en sí misma "deben todas caminar según una
misma regla, y por todos los medios convenir en tener el consejo y ayuda mutua
en todos los asuntos necesarios de la iglesia, como miembros de un cuerpo en la
fe común, bajo Cristo la única cabeza de ellas." Algo semejante reza la
Confesión Bautista de Filadelfia. Dice: "Las iglesias...deben mantener la
comunión entre ellas para su paz, para el aumento del amor y para la edificación
mutua. En caso de dificultades o diferencias, ya sea en asunto doctrinal o
administrativo...,es necesario que, de acuerdo al pensar de Cristo, las iglesias...por
medio de sus mensajeros consideren y se pronuncien sobre los asuntos en que
difieren para comunicarlo a las iglesias."
Al
llegar el siglo XIX, y desde entonces, ocurrió un cambio. El fiel de la balanza
se inclinó exageradamente hacia el extremo de la autonomía local, dejando la
relación con las iglesias restantes en una relación precaria, supeditada a la
buena voluntad de la iglesia o del líder local. No había sido así en los
orígenes;
entonces se buscaba el equilibrio. El desbalance hizo que el trabajo mancomunado
se fragmentara y que dejara denominacionalmente de funcionar como "cuerpo".
Una
fragmentación similar también puede darse en la congregación local cuando
algunos miembros siguiendo el principio del sacerdocio del creyente--principio
de la Reforma y llevado a la practica por los Anabaptistas del siglo XVI y luego
por los bautistas del siglo XVII--prescinden de la validación del resto de la
congregación cayendo en una autonomía personal que raya en el individualismo.
Los
bautistas primitivos, antes de 1850, nos dice Hudson, ni siquiera al interpretar
la vocación ministerial concebían esta posición. Hudson rechaza que la vocación
sea un asunto exclusivo entre el individuo y Dios. Dice: "Puesto que el
pastor predica, enseña y ministra en un papel representativo, el llamamiento de
Dios es exterior por medio de la congregación. El llamamiento secreto e
interior resulta ser la seguridad que viene cuando uno siente que es la voluntad
de Dios que secunda positivamente la invitación exterior de la iglesia."
Hudson, como aquellos bautistas, se mantiene dentro del concepto "cuerpo"
y pone en claro la tensión que debe establecerse en la relación independencia
e interdependencia.
Beneficioso
es recordar la declaración de los bautistas de Berkshire, en 1652, al
establecer el principio asociacional: "La relación entre las iglesias
particulares es la misma que hay entre los miembros particulares de una iglesia,
porque las iglesias de Cristo constituyen un cuerpo o iglesia en general bajo
Cristo la cabeza." Decimos beneficioso, no porque una asociación o
convención sea iglesia, sino porque necesitamos redescubrir que el límite de
nuestra responsabilidad no debe reducirse al ministerio de la iglesia local.
Después de todo, en el principio de independencia e interdependencia lo que está
en juego no es tanto la estructura eclesiástica como la efectividad de la
iglesia en el mundo.
C.
Principio de la separación de la iglesia y el estado.
El
énfasis en una congregación de redimidos condujo al rechazo de la ingerencia
del estado en asuntos eclesiales. No era posible aceptar la ley del estado que
requería de los habitantes la afiliación a la iglesia. La membresía no podía
quedar librada a la legislatura estatal; el individuo por derecho inalienable
era quién debía decidir el curso religioso para su vida. La solución no
permitía otra alternativa que desconocer la autoridad pública en los asuntos
de conciencia religiosa. Los primeros bautistas afirmaban por el año 1611:
"Creemos que el magistrado no puede inmiscuirse en asuntos de conciencia o
impulsar al hombre a adoptar esta o aquella forma de religión porque Cristo es
el Rey y Legislador de la iglesia y de las conciencias."
Hubo
quienes, no obstante, abogaron por mantener el sostenimiento económico estatal
de la iglesia, posición que luego convenció a muchos ser inconsistente con el
principio de una membresía regenerada. El desenlace fue proclamar la separación
de la iglesia y el estado lo cual implicaba, a su vez, la libertad de culto--énfasis
marcado en la historia denominacional.
Este
principio, por razones ventajosas, suele ser minimizado y hasta rechazado dentro
de los círculos cristianos. La enseñanza privada, programas de beneficencia y
servicios comunales, por ejemplo, tientan a aceptar el apoyo estatal seguido de
las consabidas condiciones. Hoy, a causa de las oportunidades de servicio que
tal apoyo representa, existe una actitud dubitativa que propone una redefinición
del principio. Si bien es cierto que ésta no es época de posiciones rígidas,
ellos no impide admitir que cejar en un punto podría conducir a un maridaje trágico
para las libertades del hombre. Canclini, uno de los paladines bautista
latinoamericanos de la libertad de culto, dice: "El régimen que establece
la unión de la Iglesia y el Estado, ha reinado desde las autocracias antiguas,
donde ambos se identificaban hasta el predominio de éste sobre aquella, en
cualquiera de sus distintos matices o intermedios, los resultados han sido
funestos para las libertades del pueblo y la soberanía del poder civil a través
de la historia."
En
nuestros tiempos, cuando la liberación total del ser humano reclama un
ministerio sacrificial de la iglesia, ésta debe mantenerse libre de todo tipo
de compromisos o ataduras con el poder estatal para que su voz sea firme,
inconfundible y veraz; para que al hablar de libertad ésta no se supedite a
circunstancias acomodaticias del momento ni se confunda con la represión de los
que no tienen "la verdad absoluta".
III.
Principios fundamentales
A
pesar de la brillante historia del pueblo bautista, sería relativo mérito,
desde el punto de vista de la fe, sostener los principios eclesiales si ellos
fueran exclusivamente reflexiones teológicas carentes de fundamentos fidedignos.
Los dos principios siguientes constituyen ese fundamento requerido.
A.
Principio de la autoridad de las Escrituras
Los
llamados principios bautistas no son otra cosa que principios procedentes del
Nuevo Testamento; por lo tanto, en parte, la valides de ellos deriva de otro
principio que viene a ser fundamental y que se impone de por sí: la autoridad
del Nuevo Testamento como una norma de fe y práctica. Este principio es
inamovible. Puede cambiar el trasfondo desde el cual nos acerquemos a él, pero
él no puede sustituirse. Los principios eclesiales vinieron a ser cardinales
para los bautistas, no porque las circunstancias históricas determinaran que
esos principios constituían el curso mas viable a seguir, sino porque desde esa
perspectiva histórica percibieron el Norte que el Nuevo Testamento señalaba.
Si
hablaron de una membresía redimida fue porque entendieron que el Nuevo
Testamento la dictaba (Hechs 2:44, 47; 1 Cor. 12:13); si propusieron un gobierno
congregacional local con una relación especial de interdependencia fue porque
creyeron que el Nuevo Testamento daba pié para ello (Hechos 6:1-6; 1 Cor.
4:14-21; etc.); y si defendieron la separación de la iglesia y el estado fue
porque interpretaron que el Nuevo Testamento la dejaba traslucir (Mateo 22:21; 1
Pedro 2:13-17; Hechos 4:16). Las Escrituras, en este contexto, son la brújula
que señala la naturaleza de la iglesia, el patrón o metro oficial que mide sus
interrelaciones, y el marco de referencia para la acción que deslinda la
soberanía de poderes.
La
autoridad de las Escrituras, además, se extiende a todo el discurrir teológico,
al entendimiento del plan de Dios para la humanidad. Tradicionalmente la mayoría
de los bautistas las han aceptado como la revelación divina inspirada, en las
cuales el hombre encuentra la norma para la vida cristiana genuina.
B.
Principio del señorío de Cristo
Al
decir en el punto anterior que la validés de los principios eclesiales deriva
en parte del principio de la autoridad del Nuevo Testamento, se dice que para
los bautistas la autoridad de las Escrituras procede en última instancia del
Verbo hecho carne, Jesucristo, cuyo testamento son las Escrituras, quien vive
para siempre como Señor y quien se hace presente en el ser humano, en la
iglesia y en el mundo a través del Espíritu Santo. La Biblia sin la soberanía
de Cristo no haría sentido.
Anderson
indica que aunque hay unanimidad casi total entre los bautistas con referencia a
los principios mencionados, no la hay en cuanto al principio bautista "madre";
sin embargo, las palabras de John Smith en 1610, que recuerda: "Sólo
Cristo es Rey y Juez de la Iglesia y de la conciencia"; y el testimonio de
Tomás Ormitage, historiador bautista del siglo XIX, que transcribe: "Los
principios vivientes y subyacentes de las iglesias bautistas se relacionan con
la jefatura soberana y absoluta de Cristo en sus iglesias", son
demostraciones del entendimiento de los bautistas primitivos; o sea, seguían la
posición apostólica en cuanto a la preeminencia de Cristo (Col. 1:15-20).
El
señorío de Cristo, como principio madre, explica el distintivo de una membresía
regenerada de la cual El es el Pastor; da sentido a la interrelación entre los
miembros del cuerpo del cual El es la cabeza; y requiere la posición de
separación entre la iglesia y el estado de los cuales El es la realidad última.
Conclusión.
Nuestras raíces bautistas deben seguir alimentando el árbol de la fe cristiana en un mundo preñado e oportunidades y desafíos. Mientras haya quienes reconozcan la soberanía de Jesucristo y la autoridad de su palabra y, por lo tanto, busquen los principios eclesiales, en la dimensión del "aquí" y del "ahora", se justificará que haya cristianos que se reconozcan parte de una herencia llamada bautista.